miércoles, 15 de enero de 2014

Aprender aprendizajes

Es lo que en griego se llamaría un acusativo interno (cosas mías...). ¿Qué otras cosas se pueden aprender que no sean aprendizajes? En fin, los avatares de la vida me han llevado a un curso de aprendizajes digitales (Eduplemooc: una experiencia de aprendizaje en red) que reclama un espacio (un blog) propio como plataforma de dichos aprendizajes. Y este es el sitio, no voy a abrir un blog nuevo sólo para esto, iría contra mis más arraigados instintos de economía personal, voy a darle aire a éste que lleva mucho tiempo quieto y lo abrí con mucho cariño.
El curso pide (las otras cinco ya las he hecho, soy persona sistemática y cumplidora):
Tarea 6: Publica tu primer artículo
Inicia las publicaciones en tu blog del curso elaborando una nube de etiquetas que muestre tus temas de interés y compartiéndola en tu blog como primer post.
Y, ¡manos a la obra! Hace días que "ejecuté" mi nube de ideas, ideas que fueron bastante inconexas (como lo era mi cabeza en ese momento) pero que se conjuntaban para configurar la lechuza de la sabiduría que es y sigue siendo el símbolo de mi actividad profesional docente (¿a que controlo la jerga pedagógica?)
Hoy, cumplo mis compromisos (siempre he hecho los deberes) pero me reservo este mi espacio para opinar, de paso, sobre este tema.
Será mi actual estado de ánimo, sumido en montañas de trabajo en otros aspectos de mi labores docentes que ya no pienso explicar en público, pero estoy lejos de estar entusiasmada con todo esto. Espero que la cosa mejore y estoy dispuesta a dar tiempo al tiempo, pero me preocupa perder mi escaso tiempo en divagaciones. No me gustan las redes, me enredan demasiado, no siempre tengo ganas de enseñarme al mundo, no creo que todo lo que hago o lo que pienso sea de interés (básicamente porque a veces ni siquiera yo sé lo que pienso y no siempre me resulta interesante lo que los demás le cuentan a las redes). Se me inunda el correo de amables apreciaciones de personas a las que no conozco, por mucho que comparta la red con ellos, y no dejo de pensar que la amabilidad es un requisito imprescindible en el comportamiento en sociedad pero no hay que pedirle más. Gracias por vuestra amabilidad (lo digo en serio) pero para saber lo que verdaderamente piensas tendría que estar mirándote a los ojos.
En fin, no me hagáis demasiado caso, mañana tal vez haya cambiado de opinión cuando se me haya olvidado la tarde que he gastado en registrarme aquí y allá, diseñar perfiles (otro más), autoevaluarme, sincronizar calendarios... es que mañana me espera un día de clases agotador que todavía no he empezado a preparar.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Con significado propio

Ya sé que se trata de incentivar el consumo y darle aire a la economía, pero estoy hasta los... "polvorones" de Navidades de cenorras, i-regalos de toda clase y pajes de nosequién ligeritas (siempre ellas) de ropa. ¿Y eso es felicidad?
Nada fue así y nada, si es de verdad, tiene por qué ser así. Reclamo en nombre de la Cristiandad el sencillo privilegio de una Navidad con significado, con autenticidad y sin propagandas, con todas las personas que puedas (cuanto más queridas mejor pero se admiten con gozo las necesitadas de afecto), con las menos cosas posibles (un pesebre, un lecho de paja, algo de calor) y con un sólo e incontestable anuncio:
"Hoy os ha nacido un Salvador".
Los que lo creyeron, los que lo creemos, estamos dispuestos a compartirlo, os lo ofrecemos así, simplemente. Feliz Navidad.
 

domingo, 27 de octubre de 2013

¡Tú por aquí...!

Sí, no te burles, yo por aquí. ¿Quién si no?
El cambio de estación propicia la revisión de los armarios, el repaso de los viejos cajones y el redescubrimiento de nuestros pequeños tesoros olvidados. Hoy ha cambiado la hora, está cambiando el tiempo, estoy trasladando cachivaches y he añadido a esa colección de mis inútiles valiosos este cuaderno de nadas o poco más.
La mayor parte de mis días estoy demasiado ocupada en lo sustantivo como para ocuparme en algo verdaderamente sustancial. Cuando me preguntan qué soy respondo que profesora, cuando me pregunto quién soy, dejo de tener una respuesta. Se me ocurren muchas pero esa abundancia me hace pensar que no hay demasiada verdad en ellas, tantas definiciones que no coinciden son bastante sospechosas.
Desde que era niña escribo, las verdaderas preguntas las hago desde un papel a una yo omnisciente, como todo escritor, que empuña el bolígrafo con soltura, con determinación, con seguridad o, muchas más veces, con lágrimas en la garganta, con furia en los ojos, con niebla en la cabeza. Cuando releía lo escrito el día anterior, conseguía perspectiva, lo veía con una nueva mirada (la del nuevo día) y me descubría confusa, ridícula, luminosa a ratos... Hoy todavía lo hago, escribirme, pero cada vez menos. Le echo la culpa al tiempo o me escudo en la falta de él,  pero la verdad quizá sea otra. ¿Y si tengo miedo a mirar dentro y descubrir que la caja está vacía? Y si ya no soy luminosa ni siquiera un ratito y sólo queda la vieja, confusa y algo ridícula yo.
Y, ¿a quién puede importarle? Mañana ni siquiera a mí misma. Lo bueno de mis viejos cuadernos es que sólo ocupan espacio cuando reordeno mis estanterías, en los cambios de estación, el resto de los días están cerrados y volviéndose viejos y amarillos, como debe ser.
Publicar mis pensamientos aquí va contra mi costumbre, pero me apetecía rellenar este cajón con algo mío. De todas maneras nadie va a leerlo...

domingo, 23 de diciembre de 2012

Vuelvo a casa por Navidad


navidad 2012 from ego aute on Vimeo.
No es que las cosas estén para tirar cohetes pero tampoco lo estaban hace dos mil años y pico. Y, pese a todo, aquí seguimos construyendo un mundo. ¿Seremos capaces de hacerlo mejor?
No es cuestión de "pasar" una feliz Navidad sino de HACER una feliz Navidad y Año Nuevo, y 25 de febrero y 6 de junio y todos los demás días del año. Sin desánimo y con esperanza.
Pasadlo lo mejor que podáis y hacedlo pasar mejor todavía.

sábado, 8 de diciembre de 2012

viernes, 9 de diciembre de 2011

Gaudete

Cuando uno llega a determinada edad empieza a hacerse a la idea de que la Navidad es un tiempo cuando menos complejo. No es siempre tan fácil estar alegre y encontrar un porqué para ese derroche de buenos deseos que debe, según lo "navideñamente" correcto, invadir estos días. En cambio, para muchos estos días llegan cargados de nostalgias, de frustraciones por esa plenitud que no llega, de espacios vacíos y ausencias que pesan como plomos. Es curioso que esos sentimientos que podrían aparecer en cualquier otro momento del año, se presenten tan inexorables como la pretendida felicidad que del mismo modo inexorable se nos exige desde la publicidad y el márquetin navideño.
Entiendo que a los que no son cristianos todas estas "murgas" (dicho con todo cariño) les cansen, desesperen e incluso depriman un poco; entiendo que quienes suelen aprovechar la buenas oportunidades dondequiera que se presenten se apunten al carro de los regalos, las fiestas y los trineos con cascabeles, pero yo voy por otro lado.
Yo, que tengo el privilegio (inmerecido y por ello impagable) de vivir la esperanza continua y renovada del Nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros, quiero desearos felicidad hoy como cualquier otro día y todos los días con la misma intensidad que hoy.
¿Por qué precísamente ahora? ¿Y por qué no precísamente ahora? Es tan buen momento como cualquier otro.
He estado trabajando para hacer algo bonito, no sé si lo he conseguido pero no es importante si es bonito o no, lo que importa es lo que quiero decir con él.
Bueno, si después de esto no eres más feliz, no te preocupes, puedes volver a intentarlo en otro momento, aunque no sea Navidad.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Con motivo del Día Europeo de las Lenguas

Aunque no me apasionan las celebraciones multitudinarias y no estoy (por cuestiones de calendario) preparada para participar como docente en los proyectos abiertos, sí me ha encantado una de las propuestas: la del autorretrato lingüístico y he decidido probar. A ver qué sale.
Nací en ese lenguaje universal que es el llanto de un niño y no lloré yo sola, me cuentan que, además de la recién nacida, lloraba también mi madre, después de un esforzado parto a la antigua (en una casa de pueblo sin epidural ni gaitas), mis abuelas, improvisadas y emocionadas asistentes, y mis hermanas mayores que aprovecharon la confusión del momento para caerse de la cama. Desde entonces las lágrimas suelen ser mis mejores y más calladas confidentes, quizá la más universal de las lenguas.

Crecí y empecé a comunicarme en ese dulce castellano del levante alicantino, al sol y al Mediterráneo, que me dieron mis padres. Fui "chiguita" y no niña, me dormía con esas elles suavísimas que aún guarda mi madre. No se hablaba valenciano en las blancas salinas de mi pueblo, y no lo hablé yo más que en salpicaduras que me llegaban de algunos de mis parientes más lejanos en el espacio y cercanos en el alma.

Pero el oficio de mi padre lo llevó a volar a otro mar, más austero y seco, y dieron mis primeras palabras con las inmensas llanuras manchegas, doradas de trigo, rojas de amapolas, verdes del terciopelo que acaricia el viento. Mi castellano se hizo más de Castilla y aprendí con don Quijote a decir molino o nieve, a disfrutar con "poquico", a aspirar esas eses incómodas, a hacer diminutivos en "ete", a protestar con un "ea" o a maldecir (yo era todavía niña) con un "odo" bien dicho.

Cuando ya el colegio había descubierto para mí la magia de la lengua escrita, de nuevo un traslado me llevó a las riberas del Mar Menor en Murcia. Castellana y árabe, latina y cartaginesa, tierra de fundaciones legendarias, de invasiones sucesivas, de repoblación aragonesa, de cordialidad y de huerta. Si no habéis oído a un murciano hablar no sabéis lo que es el barroco.
Bajo ese sambenito de "mal hablados" los murcianos no renuncian a su sintaxis profundamente latina y manejan los pronombres con sabiduría ancestral. Es verdad que tienen (o tenemos, porque yo ya soy de aquí) un acento particular, de vocales abiertas y alargadas para cubrir la pereza de las eses finales, pero el que esté libre de pecado...
Enredada en esa trenza de colores descubrí las otras lenguas de mi vida, las no vernáculas: en el colegio el inglés y luego, en el instituto, las que habían de ser el resto de mi vida: las lenguas clásicas.

Me fascinaron y me fascinan (además de darme de comer) con un continuo más difícil todavía: permanecer frescas y vivas a pesar de los siglos de distancia, a pesar de no poder hablar con nadie, del desprecio de los ignorantes revestidos de autoridad, de la incomprensión de los que se llenan la boca con el "progreso". Son las lenguas del silencio y de la profundidad, de la sabiduría quieta y callada.
Mi corazón se desgarró al tener que elegir una de ellas para ejercerla como profesión pero el griego clásico me ha sabido compensar con creces: me cuenta bellísimas historias con las más hermosas palabras, las primigenias, las que "contienen en sí todo deleite"; me acaricia con sus vocales claras, como las de mi infancia, con sus melodías internas; me asombra con su fuerza y su sabiduría y, lo mejor de todo, me "entusiasma". Si supierais griego (los que sepáis, perdonadme) sabríais que el "entusiasmo" no es otra cosa que la "posesión divina", la diosa de las lenguas me impulsa a salir fuera a contar todos sus secretos y desparramo cada día sus goces entre mis alumnos.
Todavía me queda vida para seguir aprendiendo lenguas, en mis ratos libres hago amigos de todas partes que me enseñan a decir gracias con todos los colores del arcoiris. Con ellos recupero la lengua materna común: la de las miradas, las risas y los gestos de afecto, esa sí que no tiene fronteras ni limites.
De cada una de ellas, de mis lenguas, guardo recuerdos. Os dejo asomaros a mi caja de tesoros: cachorrete, leja, armonía, macoco, ψυχή, polícromo, symposium, auctoritas, sucram, ... λόγος.