miércoles, 23 de septiembre de 2009

La cueva de ladrones

He leído por ahí en un blog amigo y maestro (bibliofagia para más señas) el amargo y al mismo tiempo luminoso e inspirado comentario de José Luis Sampedro sobre el pretendido pago a la SGAE por el préstamo público de libros y se me quema la sangre. ¿Soy yo la única persona a la que las últimas "actividades" de la SGAE le recuerdan más a los gánsteres (yo a la ley del español para los plurales no pienso hacerle feos) de Chicago que a ninguna otra cosa? Lo de cobrar en Zalamea o en Fuenteovejuna ya me pareció delirante, pero lo de imponer el impuesto revolucionario sobre cualquier lectura, sea de quien sea, sólo porque te la presta una biblioteca pública, raya, para mi gusto, en el sacrilegio intelectual.
¡Que no hay beneficio económico, que es de otra clase, de ese que no ocupa lugar, de ese que es perfectamente inútil como los amaneceres en el mar o la contemplación del David de Miguel Ángel!
¿Es que no se se enteran o es que no quieren enterarse? Cuando nuestros autores deberían estar proporcionando al planeta el fruto de sus talentos (que ya dudo si tienen), resulta que acaban convertidos en recaudadores de impuestos al estilo del Sherif de Nottinghan (creo que se escribía así, es que lo leí en un libro que me prestaron y...), cobro por lo que es mío, por lo que será mío, por lo que tarde o temprano acabará siendo mío al paso que vamos y por lo que, si no lo era, por si acaso lo es.
De ahí que se me ocurran algunas sugerencias:
1. Buscar a Robin Hood con urgencia para que alivie ciertas bolsas y las devuelva a los alegres habitantes del bosque.
2. Contar de viva voz y a todo el que quiera escucharlos (incluso si no quieren demasiado) las historias que leímos, para que nadie las olvide a pesar de los esfuerzos de la SGAE para que así suceda. Y gratis, oiga.
3. Prestar, prestar y prestar los libros y que vengan a cobrarme si pueden, que son míos porque los pagué (y también los pagaron las bibliotecas, me consta).
4. Aportar nuevas ideas a la SGAE tales como cobrar derechos de autor en cada consumición de Coca-Cola en nombre del sufrido señor que inventó tan utilizada fórmula secreta, imponer un cánon sobre útiles de escritura o papel en blanco por si acaso alguien copia lo que no debe; espiar y aplicar el impuesto a los padres que cuenten cuentos (de firma) a sus hijos y sancionarlos por reicidencia cada noche siguiente o cobrarles también en su propio nombre ( el de los padres narradores, que ya no sé dónde estoy); en fin, lo que les vaya pareciendo a sus excelsas mentes creativas.
5. Aun a riesgo de parecer plagio, buscar debajo de las piedras un látigo y arrojar a latigazos a los mercaderes del sagrado templo de la cultura porque (citando a un reconocido autor que no milita que yo sepa en la SGAE) "Habéis convertido MI casa en una cueva de ladrones".
He (hemos) dicho, y ahora vas y me cobras.